domingo, 2 de julio de 2017

Moscas en la casa...


Hace casi tres meses empecé a escribir sobre mi madre. Escribir para mí siempre ha sido una terapia. Los demonios mejor fuera, así que hace casi tres meses empecé a escribir sobre cómo se fue y me dejó desarmada, sin defensa alguna, sobre cómo se fue sin querer irse, sobre cómo se fue aquella medianoche de abril, cuando yo callaba porque no quería ser consciente, porque no sabía ser consciente.

Hoy, tras años de ausencia vuelvo huérfana (nunca mejor dicho), dolida todavía, triste por momentos, enfadada cuando llega la noche y sigo pensando en coger el teléfono para llamarla, como cada día desde que mi padre nos dejó, va a hacer ya 22 años.
Pero sí, también vuelvo convencida, como dice Albert Camus, de que siempre existe un verano invencible en nosotros, y me resigno a sobrevivir a cualquier invierno, dispuesta a luchar contra todo manto gris, enfrentada con toda la fuerza de la que dispongo a esta nueva esquina rota.

Mi madre era una mujer generosa. Una buena persona que sufrió demasiado y nos quiso más que demasiado. Su corazón no pudo; su corazón que siempre había dado todo por todos no pudo seguir luchando. Estaba cansado. Estaba cansada. Y no hubo sorpresas, vivimos siempre en la verdad más absoluta, sabíamos todo y todo se confirmó. No hubo escondites, no hubo rincones oscuros... Su familia era lo más importante para ella. Siempre lo fue.
Aquella tarde repetía que no quería morirse...
Aquella tarde repetía que no nos preocupáramos, que estaba bien...
Pero aquella tarde ella sabía que se marchaba...
Todos lo sabíamos. Pero no queríamos saberlo.
Sentí, como lo sentí con mi padre, que algo había pasado cuando llegó la medianoche. Lo supe, como lo supe aquella mañana de agosto con apenas 20 años. Y en aquel preciso instante solo pensé en abrazarla, y en que una vez más su pecho caliente templara mi dolor, como cuando era pequeña. En eso me convertí; en una niña pequeña en pleno invierno a pesar de la primavera, abrazada a su cuerpo sin vida, sintiendo todavía su calor aunque ella ya no pudiera sentir el mío.

Llorar y escribir al mismo tiempo no se me da muy bien... Pero escribo y lloro porque nunca imaginé el momento en que ella no estuviera. Y cuando ahora lo puedo recordar con algo, una pizca, un poquito apenas de entereza, vuelvo a caer en el más profundo dolor. Su ausencia me ha partido los tobillos. No tengo lugar donde volver. Así me siento.

Mi madre era una mujer valiente. Siempre dispuesta a ayudar a los demás; poco dada a pedir... Necesitó y mereció mucho más de lo que le dio la vida... Nunca quiso ser una carga y se fue en silencio, sin molestar, rápido, demasiado rápido... Demasiado pronto.
Cuando un día, por fin, conseguí abrir aquel bolso tieso de mercadillo tampoco hubo sorpresas; la postal de aquel misionero amigo que escribía desde Colombia y que prometía rezar por todos, la carta de aquellos vecinos del pueblo que recogieron dinero para poder pagar el entierro de mi hermano (¿cómo olvidar a su gente?), el carné de identidad de su padre, mi abuelo, el carné de conducir de su marido, mi padre y fotos; fotos de sus hijos, fotos de sus nietos, fotos de sus padres y hermano, fotos de sus sobrinas, fotos de los hijos de sus sobrinas, fotos de sus amigas, fotos de las vecinas, fotos y más fotos... No hubo sorpresas...
Me acerqué a su armario pocos días después de su muerte (la vorágine me dio fuerzas, imagino, ahora no podría). Saqué, entre un millón de recuerdos, su vestido de novia y lo doblé con tanto cariño como rabia cabía dentro de mí. A mi alrededor oía el murmullo incesante de la vida que nos lleva y que no cesa ni debe cesar, pero yo no estaba allí, estaba concentrada en doblar su vestido como si fuera lo último. El murmullo se convertía en un ruido cada vez más insoportable, más hiriente, pero yo no estaba allí; estaba con ella, recordando su voz, recordando su olor, volviéndome pequeña una vez más, deseando que alguien viniera a rescatarme del naufragio más absoluto, arrastrada por aquellos cajones vacíos.

Mi madre era una mujer cariñosa: más cariñosa con nosotros que nosotros con ella... Más cariñosa con el mundo que el mundo con ella. Pero fue feliz, a su manera, como siempre decía, fue feliz. Una herida inabarcable la convirtió en emigrante a finales de los 60; trabajadora incansable, gallina clueca, cocinera inmensa, rebelde con causa, enamorada eterna, sufridora nata... Pero fue feliz...
Aquella tarde repetía que no quería dejar de salir a tomar café por las mañanas...
Aquella tarde repetía que cuando volviera a casa iba a tomarse todo con más calma...
Pero aquella tarde su luz se apagaba y ella lo sabía.
Y nosotros también.

No puedo más que salvar su recuerdo del ruido; salvar su rostro de este vacío tan inmenso, del horror de las ausencias definitivas. No puedo más que escribir sobre ella, por ella y para ella, porque le hubiese gustado saber que la echamos de menos, que no hemos dejado de nombrarla cada día desde que se fue, que sigue con nosotros y en nosotros. Es cierto, me siento desterrada, pero también sé que ella, que ellos, me acompañan en este éxodo que siempre mira al sur. Hoy tengo más claro que nunca que "amar es el camino incluso, y sobretodo, cuando no hay salida". Hoy, mis tobillos duelen un poco menos.