miércoles, 19 de mayo de 2010

La esperanza es el sueño...


No te dejará dormir este estrépito infinito
que intenta llenar los días de tinieblas y enemigos.
Una estruendosa jauría se empeña en hacer callar
las preguntas, los matices, el murmullo de ojalás.
Ruido de patriotas que se envuelven en banderas,
confunden la patria con la sordidez de sus cavernas.
Ruido de conversos que, caídos del caballo,
siembran su rencor perseguidos por sus pecados.

Si se callase el ruido
oirías la lluvia caer
limpiando la ciudad de espectros,
te oiría hablar en sueños
y abriría las ventanas.
Si se callase el ruido
quizá podríamos hablar
y soplar sobre las heridas,
quizás entenderías
que nos queda la esperanza.

Ruido de iluminados, gritan desde sus hogueras
que trae el fin del mundo la luz de la diferencia.
Ruido de inquisidores, nos hablan de libertades
agrietando con sus gritos su barniz de tolerantes.
Nunca pisa la batalla tanto ruido de guerreros,
traen de sus almenas la paz de los cementerios.
Háblame de tus abrazos, de nuestro amor imperfecto,
de la luz de tu utopía, que tu voz tape este estruendo.

Si se callase el ruido
oirías la lluvia caer
limpiando la ciudad de espectros,
te oiría hablar en sueños
y abriría las ventanas.
Si se callase el ruido
quizá podríamos hablar
y soplar sobre las heridas,
quizás entenderías
que nos queda la esperanza.

Si se callase el ruido
oirías la lluvia caer
limpiando la ciudad de espectros,
te oiría hablar en sueños
y abriría las ventanas.
Si se callase el ruido
quizá podríamos hablar
y soplar sobre las heridas,
quizás entenderías
que nos queda la esperanza.

Si se callase el ruido
oirías la lluvia caer
limpiando la ciudad de espectros,
te oiría hablar en sueños
y abriría las ventanas.
Si se callase el ruido
quizá podríamos hablar
y soplar sobre las heridas,
quizás entenderías
que nos queda la esperanza.

Si se callase el ruido
oirías la lluvia caer
limpiando la ciudad de espectros,
te oiría hablar en sueños
y abriría las ventanas...

Ismael Serrano (2007)
Gracias por tanto. Nos vemos.


lunes, 10 de mayo de 2010

Resiliente 100%

"La última noche fue tranquila. Me levanté a las 6h de la mañana, como cada día aquel verano, para ir a trabajar. Entré en la habitación y di un beso a mis padres. Salí de casa y subí al coche. Sobre las 10h de la mañana un escalofrío me recorrió el cuerpo y a los pocos minutos mi sobrino de 11 años apareció llorando en la puerta de la panadería. En aquel preciso instante supe que mi padre había muerto. Me quité el delantal, cogí al niño de la mano y salí por la puerta de atrás para que nadie me viera llorar. Al llegar a casa le besé en la frente aún caliente, hablé unos minutos con el médico y empecé a ordenar la habitación consciente de que, en aquellos momentos, nadie lo haría. Después salí al rellano y me senté en el suelo. No sé cuántas horas pasé allí viendo entrar y salir gente. A pesar de ser agosto yo no sentía calor. La misa fue corta y el rato en el cementerio bastante llevable. La noche llegó serena contra todo pronóstico."




Estaba leyendo la otra tarde una vieja revista de psicología y redescubrí un concepto que me siempre me ha parecido interesante. Por eso decidí, de pronto, compartir con vosotros una de las esquinas más rotas de mi vida. Mi historia. Las dos historias.

"La noche no fue nada tranquila; la pasé colgada al teléfono hablando con los sanitarios de urgencias que, siguiendo su para mí maldito protocolo, me ordenaban darle paracetamol cada 4 horas (mi padre tenía fiebre central y se moría de cáncer). No tuve que levantarme a las 6h de la mañana porque nunca llegué a acostarme. Avisé a mis hermanos, besé a mi padre sin querer pensar en lo que ese beso significaba y me fui a trabajar. Pasé llorando toda la mañana y todo el mundo me vio hacerlo. Estaba triste y cansada. Mi sobrino llegó para darme la mala noticia y yo, sin quitarme el delantal, lo cogí de la mano y crucé corriendo la tienda que ya había abierto y estaba llena de clientes. Cuando llegué a casa me abracé al cuerpo de mi padre y, al cabo, alguien se acercó para llevarme de él. Eso sí, no sé cuántas horas pasé sentada en el rellano de la escalera viendo entrar y salir gente. La misa fue eterna, el rato en el cementerio intragable y el calor sofocante me dificultaba la respiración. Aquella noche no pude dormir; ni aquella ni muchas otras que estaban por venir."

Respiro hondo...


En todo esto que acabáis de leer consiste la RESILIENCIA. Una capacidad innata que, en mayor o menor medida, todos los humanos poseemos para superar las desgracias que acontecen en nuestras vidas y que nos ayuda a sobrevivir al dolor y al vacío vital (pensemos en Mauthausen, tan de actualidad estos días). Mi mente inventó una historia para poder enfrentarme a una tremenda situación de pérdida. Durante mucho tiempo dudé entre realidad y ficción; quise creer, porque me ayudaba a salir de lo que los especialistas llaman trastorno por estrés postraumático, que la actitud serena y reflexiva que normalmente me acompaña no me había abandonado en aquellos momentos, que había sido capaz de gestionar las emociones de manera que fueran menos punzantes, que, en definitiva, había conseguido controlar el dolor y sobrellevar la pérdida dulcemente. Y aunque nada estaba más lejos de la realidad, aquel teatrillo emocional me ayudó a sobreponerme y me rescaté del horror.

Por todo esto os quiero regalar una esperanza. La resiliencia existe y, además, se puede educar. De la mano de la inteligencia emocional se está empezando a desarrollar y trabajar en contextos humanos donde el sufrimiento acaece (actos violentos, muertes, accidentes, enfermedades graves, desastres naturales, pérdidas súbitas, violaciones...) y, lo más novedoso, se está utilizando con grupos de adolescentes que viven en riesgo de exclusión social y también en educación de preescolares sometidos a entornos marginales. Para saber un poco más os recomiendo el libro de Luis Rojas Marcos "Superar la adversidad: el poder de la resiliencia".

Una infelicidad no es nunca maravillosa. Es un fango helado; un lodo negro; una escara de dolor que nos obliga a elegir: someternos o luchar. Luchemos, pues. No olvidemos nunca el camino de regreso. Fuera, siempre amanece.






jueves, 6 de mayo de 2010

Impresionada...

Desde pequeña vivo impresionada por los cuadros de Monet, sobretodo de su época última. Sí, lo sé, soy poco original. Quizá vendería más decir que me encantan las creaciones de Berthe Morisot, Frédéric Bazille o el mismísimo Armand Guillaumin, en cuanto a impresionistas se refiere, pero no, soy más sencilla que todo eso, me encantan las creaciones del maestro Claude.
No puedo explicar con claridad meridiana cuánta emoción me transmite esa luz, esa suavidad en los trazos, esos colores que siempre son un bálsamo, esa manera de enfrentarse al realismo, de querer escapar, esa intención nada oculta de querer transformar el mundo desde las cosas más inútiles, las más bellas...
Claude Monet se mantuvo fiel a sus principios, y también le admiro por eso. No cambió de estilo, no se vendió a las nuevas corrientes, no quiso innovar en su forma de ver la vida. Evolución sí, cambio no. Era un apasionado del buen vivir. Amante de las flores y experto gastrónomo, escribió varios diarios de cocina donde relataba recetas de invención propia o adaptaciones de famosos platos franceses. Por eso también me impresiona. Combinaba sabiamente todas sus pasiones (incluída su familia y sus amigos). Por eso también me gusta.
Aunque la obra de un artista no alcance para comprender su vida, Claude Monet parece haber vivido como pintó: suave, emocionante, luminoso... Y por todo esto vivo impresionada desde pequeña.


lunes, 19 de abril de 2010

Wall-E

Mi hijo de apenas 22 meses se ha enamorado de un trasto viejo y oxidado tan lleno de ternura como de conexiones eléctricas.
La película de la que os hablo se estrenó justo el mismo día en que Pablo nació y narra la vida de un robot que durante 700 años habita sólo en la tierra. A lo largo de casi 2 horas nos narra como vive Wall-E en su soledad y, escenas más tarde, nos cuenta cómo nace su amor por una avanzada e impecable "robota" del futuro, que viene a explorar el planeta en busca de vestigios de humanidad. La historia se va complicando llevándonos de la mano por un argumento que bien podría darse realmente en el futuro y que, siendo de Disney, no se resuelve de manera excesivamente pastelosa.
Es un cuento precioso, lleno de imaginación, lleno de fantasía, lleno también de intenciones de concienciar sobre el futuro del planeta y de la humanidad misma. Es una historia llena de matices y detalles que te emocionan. Esos ojitos (ojotes más bien) te enamoran en la primera escena. Wall-E está lleno de sensibilidad e inteligencia. Es simpático y generoso. Y porque mi hijo también así lo considera le dedico esta mi tercera entrada. Supongo que la mayoría ya la habréis visto; los que no, ya estáis tardando.

Página oficial

miércoles, 14 de abril de 2010

Carita Feliz

Hoy quiero hablaros de Carita Feliz. Tiene 18 años y toda la vida por delante. Este año he tenido el privilegio de ser su maestra (no me gusta la palabra profesora) y, además, tutora. Viene de vivir muchos fracasos y le albergan pocos motivos. Dice su madre que ha sido "el niño más castigado de la historia" y que, a pesar de los años sin regalos ni celebraciones, nunca consiguió nada bueno de él. Esta semana ha vuelto a clase después de vivir una experiencia tan dura como enriquecedora. Y resulta que cuando sería lógico empezar a pensar que todo está perdido, cuando el transcurso de los días nos lleva a creer que una persona es irrecuperable, cuando se empieza a madurar la idea de hundir a alguien en la más absoluta miseria sólo porque no es perfecto (nadie lo es), de repente, como dice el muy honorable señor Serrano "algo nos rescata del naufragio". Y me gustaría compartir con vosotros la emoción que Carita Feliz ha sido capaz de regalarme estos días con su mirada, con sus palabras, con sus lágrimas... Carita Feliz no deja de ser un loco bajito a pesar de su tan estimada y sobrevalorada mayoría de edad. Él, como otros como él, cargan a diario, como diría otro de mis ilustres maestros, "con nuestros dioses y nuestro idioma, con nuestros rencores y nuestro porvenir". Por eso hay que saber mirar más allá de ese pelo extrañamente engominado, esos pantalones medio caídos, esos ojos tan rojos a veces que nos daría por mandarlos a Proyecto Hombre y esa manera de enviarte muy muy lejos (me abstendré de hacer reproducciones literales) cuando se enfadan... Por eso hay que saber ver que detrás de todas esas mañanas odiosas en que les cuesta un mundo llegar puntuales a clase, hay una persona que sufre, que quiere ser mejor cada día y que busca nuestra ayuda de mil maneras distintas y de forma tan disimulada que, a ratos, parecería lo contrario. No nos empeñemos en dirigir su vidas sin contar con ellos, no les templemos con nuestras frustraciones; ellos serán dueños de las suyas cuando lleguen. Amén.





martes, 13 de abril de 2010

Amado Mario


Primavera con una esquina rota es un libro de Mario Benedetti que me enamoró hace ya muchos años. Habla, como sólo Benedetti sabía hacerlo, de la lucha incansable, del amor verdadero, del orgullo de un pueblo, de la guardia constante por sobrevivir a la injusticia y al dolor.
Desde estas líneas, que hoy quiero inaugurar con toda la humildad del mundo, me gustaría poder curar no sólo esa primavera ya vencida sino también las que están por venir, aliviar desde mi modesto cuaderno todas las esquinas rotas que soy capaz de imaginar.
Sin Esquinas Rotas es un homenaje a los detalles, a la intrahistoria, a todo aquello capaz de emocionarme. Sin Esquinas Rotas representa el deseo de no estar sola, de no quedarme inmóvil al borde del camino, de tirar piedritas contra todas las ventanas, de regresar siempre...
Dice en el libro: "Yo diría que hay que empezar a apoderarse de las calles. De las esquinas. Del cielo. De los cafés. Del sol, y lo que es más importante, de la sombra." Pues en esas andamos...
Bienvenidos.